Historia de la Grúa en la Antigüedad

Historia de la Grúa en la Antigüedad.

 

Desde la antigüedad, las grúas han servido de mucho en la construcción de grandes ciudades. Sin ellas, la edificación de bellos templos como el Parthenon, en Grecia, y la instalación del  obelisco de Lateranense, en Roma, habrían sido imposibles. Conozcamos la evolución a lo largo de la historia de esta fundamental herramienta en los trabajos de containers. 

Sus primeros nombres

El punto de partida de lo que hoy conocemos como grúas  es la maquina llamada “puntal de carga”, que durante mucho tiempo fue el elemento fundamental de carga y descarga a bordo de los barcos mercantes. Esta máquina tenía un puntal o pluma, de dimensión y material variable cuya coz o parte inferior, que estaba arraigada a una estructura firme. En el extremo superior del puntal o penol encontramos el amantillo, que era un cabo o cable que se encarga de la inclinación vertical del puntal mientras que el amante es otro cabo o cable que sostiene la carga. Y este a su vez, tenían dos cabos llamados ostas mueven el puntal horizontalmente para poder trasladar la carga de un sitio a otro.

Esta máquina fue muy utilizada por los Sumerios y Caldeos en sus actividades comerciales; pero,  los primeros vestigios del uso de las famosas grúas se aprecian en Grecia. En sus grandes bloques de piedra de sus templos se muestran las marcas de pinzas, que al ser equidistantes  de un punto sobre el centro de gravedad dan muestra que fueron trasladadas a través grúas.

Con la introducción del torno y la polea, el manejo de la carga se perfecciona, y los griegos se animan a  construir edificios de grandes alturas. En la Edad Clásica, por ejemplo, bellos templos, como el Parthenon, se realizaron con gran cantidad de bloques de piedra, que podían ser usados para cargar no menos de 15-20 toneladas.

Historia de la Grúa en la Antigüedad

Luego, en Roma se incrementó el trabajo de la construcción de edificios. Los romanos adoptaron los conocimientos de la grúa griega para desarrollarla y hacer  ciudades de grandes dimensiones.

Aparecen el Trispastos, una de las grúas más simples, pues contaba con una horca de una sola viga, un torno, una cuerda, y un bloque que contenía tres poleas. Con esta maquinaria, un solo hombre podía levantar 150 kilogramos (3 poleas × 50 kg = 150 kg), si se asume que 50 kilogramos representan el esfuerzo máximo que un hombre puede ejercer en un período largo.

Pero, si se trataba de cargas más pesadas existían las  grúas de cinco poleas (Pentaspastos) o las más grandes: polyspastos, que contaban con un sistema de tres por cinco poleas con dos, tres o cuatro mástiles, dependiendo de la carga máxima. Estos eran operado por cuatro hombres en ambos lados del torno, podría levantar hasta 3000 kg  (3 cuerdas × 5 poleas × 4 hombres × 50 kg = 3000 kg).

Estas maquinarias ayudaron mucho al desarrollo de las edificaciones; sin embargo, la necesidad de tener mayor productividad hizo que se cambie el torno por un “acoplamiento”, entonces la carga máxima  dobló a 6000 kg con solamente la mitad del equipo, ya que el acoplamiento posee una ventaja mecánica mucho más grande debido a su diámetro más grande.

El uso de grúas en Roma y el norte europeo

Historia de la Grúa en la Antigüedad

Los grandes bloques de piedras de los edificios romanos fueron cargados con los Polyspastos. Por ejemplo, los bloque de piedra del templo de Júpiter, en Baalbek, pesan hasta 60 toneladas cada uno, y las cornisas de la esquina bordean incluso sobre 100 toneladas, todas levantadas a una altura de 19 m. sobre la tierra.

Pero, no solo los polispastos fueron necesarios para cargar grandes pesos. Los ingenieros romanos complementaron a la utilización de  las grúas los siguientes medios: la instalación de una torre con cuatro mástiles, que fueron arreglados en la forma de un cuadrilátero con los lados paralelos, y  una multiplicidad de cabrestantes, que fueron colocada en la tierra alrededor de la torre. A través de esta técnica, se pudo instalar el obelisco de Lateranense, uno de los trece obeliscos de la antigua Roma.

Tras la caída del imperio romano occidental, los polyspastos entran en desuso, y las  grúas de acoplamientos son reintroducidas a escala grande. Por ser más seguras y baratas, fueron muy utilizadas en la navegación. Las aplicaciones más cercanas de las grúas de puerto se documentan en los puertos de Utrecht en 1244, Amberes en 1263, Brujas en 1288 y Hamburgo en 1291, mientras que en Inglaterra el acoplamiento no se registra antes de 1331.

Las grúas de acoplamiento también desempeñaron un gran papel en la construcción de catedrales góticas. Sin embargo, las fuentes de la época indican que las máquinas no sustituyeron totalmente los métodos más tradicionales de trabajo, como escalas, artesas y parihuelas.  Al contrario, las maquinarias viejas y nuevas continuaron coexistiendo en los emplazamientos de las obras medievales y en los puertos. Ya en la Alta Edad Media, fueron utilizadas en los puertos y astilleros para la estiba y construcción de los barcos.

Con la llegada de la Revolución Industrial, se construyen las grúas con materiales más resistentes, como el hierro fundido y el acero. Luego, con la creación de la máquina de vapor, en el s. XVIII, las grúas modernas utilizan los motores de combustión interna o los sistemas de motor eléctrico e hidráulicos para proporcionar fuerzas mucho mayores.

Actualmente, con el desarrollo de la tecnología, las grúas  se adaptan a los propósitos específicos. Los tamaños se extienden desde las más pequeñas grúas de horca, usadas en el interior de los talleres, grúas torres, usadas para construir edificios altos, hasta las grúas flotantes, usadas para construir aparejos de aceite y para rescatar barcos encallados, además de emplearlos en la tarea del traslado de contenedores.

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Desde la antigüedad, las grúas han servido de mucho en la construcción de grandes ciudades. Sin ellas, la edificación de bellos templos como el Parthenon, en Grecia, y la instalación del obelisco de Lateranense, en Roma, habrían sido imposibles.
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